Cuando a los capitostes de la industria del entretenimiento se les ocurre explotar el lolitismo saben que están jugando con fuego. Primero, deben esquivar tabús y legislaciones. Lo suyo es jugar con el resbaladizo atractivo de las ninfas, pero sin pasarse, so pena de cargar con el sambenito de comerciar con y/o fomentar la pedofilia. Por otra parte, y una vez diseñado el producto y reclutado el material humano, saben que todo será flor de un día. Por motivos obvios, la vida de la
lolita es limitada. Su periodo fértil iría desde los trece hasta los dieciocho o diecinueve como muchísmo: the teen years. Por debajo de esa edad estaríamos hablando de "estrella infantil" o "niña prodigio", al estilo de nuestra primera
Marisol. Y en este mundo corrupto no es creíble la inocencia y el candor en una muchacha de 20 años, a no ser que sufra algún tipo de trastorno o discapacidad.
Por si esto fuera poco, y en el caso de las lolitas pop, hay que contar con el conocido como "síndrome del tercer álbum", dolencia que afecta a casi todos los ídolos que consiguen superar el estadio de "one-hit wonder" pero no alcanzan a convertirse en clásicos. A saber: después de un bombazo más o menos por sorpresa con el primer disco, la maquinaria se engrasa para facturar en cuanto antes una reválida con la que repetir e incluso aumentar los beneficios del debut. Se ha perdido el factor sorpresa, pero a pesar de su premura, los segundos álbumes suelen contar con presupuestos más holgados y con la experiencia acumulada por los protagonistas del hype. Lo suyo es que entre el primer y el segundo disco no medien más de dos años. Pero claro, todo tiene un precio, y pasada esa temporada de promoción agotadora, y con un repertorio muchas veces compuesto durante largos años pero luego quemado en un par de giras, el tercer disco se hace esperar más de lo debido. Mientras nuestras lolitas maduran a pasos forzados, sus mentores tienen que rediseñar el producto, o cerrar la paraeta y buscarse la vida por otro lado: la masa consumista es caprichosa, olvidadiza y busca sin descanso el brillo fugaz de lo nuevo. Además, el público potencial de estos montajes no es tanto el de los adultos pederastas de baja intensidad como el de adolescentes que buscan la identificación con sus ídolas. Total, que a la vuelta de esos dos o tres años, las chavalitas ya se han hecho mayores, pasan de chiquillerías y corren a engrosar las filas de tribus urbanas más serias: ahora son emos, metaleras, perroflautas, gafapastas o, en el peor de los casos, jennys bakalas y poligoneras.

Alizée: quién te ha visto y quién te ve.
La pizpireta
Alizée saltó a la fama en el año 2000 con apenas 16 añitos y una canción titulada "Moi... Lolita". En el video promocional, la adolescente escapaba de su nada bucólica vida campestre para culebrear a gusto en una disco llena de humo y malotes. Por si esto fuera poco, en sus correrías iba acompañada de una hermanita que aparenta tener no más de ocho años. El sueño de los perverts y la pesadilla de los papás. Se ve que en la campiña francesa no habían oido hablar de Alcàsser. La jugada no se puede decir que fuera muy sutil, pero desde luego fue efectiva: éxito mundial y más de un millón de discos vendidos sólo en Francia. Tres años más tarde, repite la jugada con un segundo álbum que insiste de nuevo en la dualidad niña-mujer. En la portada, una Alizée enfundada en un minúsculo vestido de marinerito es casi aplastada por un zapato de tacón de aguja digno de
La mujer de 50 pies. Hasta el psicoanalista más tosco capta el mensaje. El disco no tuvo tanto éxito como el primero, pero tampoco fue un desastre. Para el año siguiente, 2004, se publica un DVD con actuaciones en directo. Está claro que sus seguidores disfrutan más con las juguetonas coreografías que con su aterciopelada voz. A partir de entonces, Alizée se toma un respiro y aprovecha para ser mamá. Sí, amigos, la antaño lolita es ya toda una señora casada y madre de familia. Todavía es prematuro saber si la niña seguirá los pasos de su madre. El año pasado se especuló con la posibilidad de una vuelta, y después de algún anuncio en falso, parece que será en diciembre, a tiempo para la campaña navideña, cuando se publique el tercer álbum de estudio de Alizée. Veremos como se las apaña con 23 añazos y sin la ayuda de su descubridora y principal responsable de su éxito hasta ahora, la cantante y compositora
Mylène Farmer. Por de pronto, el single ya lleva unas semanas rodando, ante la indiferencia de todos salvo de los fans más recalcitrantes.

Las t.A.T.u, compaginando maternidad y vida laboral.
Ivan Shapovalov es ruso y psicólogo, como Paulov. Ahora imaginad el famoso experimento pero sustituyendo al perro por un pajillero al estilo de Enjuto Mojamuto, y en vez de la campanita y la comida, ponedle delante a un par de colegialas presuntamente bolleras. Causa-efecto, conductismo en estado puro para la era de internet. El malvado Shapovalov necesitaba un par de chiquillas para su experimento, y tras el consabido casting, Yulia Volkova, de 14, y Lena Katina, de 15, fueron las elegidas. Mientras ellas ensayaban y se preparaban, Ivan pulió y repasó durante meses su plan para conquistar el mundo, y en el 2000 lanzó su primer ataque en forma de videoclip, con morreo bajo la lluvia incluido, y con un difuso mensaje de rebeldía contra el mundo de los adultos y a favor del amor libre. El escándalo no se hizo esperar, y con él llegaron los rublos. En 2001 se ponía a la venta en Rusia el primer álbum de las Taty / t.A.T.u., seguido meses después por una edición internacional cantada en inglés. Las rusas se pasearon cogiditas de la mano y haciéndose carantoñas por los platós de todo el mundo civilizado. Su gira triunfal terminó en el festival de Eurovisión del 2003. A pesar del brutal gasto en mensajitos de sus fans, la pareja quedó en un segundo puesto que supo a poco, y los gritos de "tongo, tongo" se oyeron hasta en Moscú. Por aquel entonces ya se rumoreaba que su pretendido lesbianismo era tan falso como el moreno de Yulia (rubia en realidad): un truco de mercadotecnia. Miles de jovencitas recién salidas del armario al son de sus chillonas melodías se llevaban la desilusión de su vida, confirmada después por la noticia del embarazo de Yulia, fruto de sus revolcones con un novio secreto. Así que, cuando en 2005, y ya lejos de las garras de Shapovalov, las t.A.T.u. publicaron su segundo elepé, con producción de lujo (Trevor Horn) e invitados de postín (Sting y el eurítmico Dave Stewart), las rusitas ya no eran ni teens, ni colegialas, ni lesbianas ni nada. Lástima, porque el disco no estaba nada mal. Poco tiempo después se produce el temido parón, parcheado con algún recopilatorio (con sólo dos álbumes publicados!) y el consabido DVD en directo. Rumores de separación, expulsión de la discográfica y silencio. Hasta ahora. En la actualidad, y mientras Yulia luce su segundo embarazo (de distinto padre, por supuesto) el dúo se dispone por fin a lanzar su esperado (o no) tercer elepé. Una película en la que las rusas hacen de ellas mismas está en fase de postproducción, con el estreno anunciado para el año entrante. O mucho cambian las cosas o irá directa a la mula.