Japodelia
La musiquita J-Pop es tan empalagosa y adictiva como las gominolas, y sus videoclips promocionales son todavía más deliciosamente horteras. Ni los Osos Amorosos hasta arriba de cristal, ni una rave en Teletubbilandia; nada es comparable al exceso de imágenes aberrantes pero buenrollistas que son capaces de meter los japos en tres minutos. Además, todas las idols son guapísimas, simpatiquísimas, divertidísimas, y con un puntillo perversamente infantiloide. Ai Otsuka es un buen ejemplo: es una artista muy conocida en su país, donde cada single suyo se convierte en éxito instantáneo, siendo también de las más demandadas en karaokes. Además, varias de sus canciones han aparecido en bandas sonoras de videojuegos y anime.
El video de uno de sus temazos del año pasado, Chu-Lip, empieza con una vaca soltando una moñiga en un campo lleno de flores rojas. Se supone que son tulipanes, pero a mí me parecen más bien amapolas, tan hermosotas y psicoactivas que Escohotado lloraría de emoción al verlas. Del capullo de una de ellas, entre estambres y pistilos, surge una nube de duendecillos voladores entre los que destaca la guapa Ai, luciendo un peinado al estilo de Amy Winehouse - con polvillo misterioso incluido -, pero que también recuerda a las cacas espirales del Dr. Slump. Luego se ve a un japo bañándose fuera de la bañera, que es como se bañan los japos, y a otro japo enfundado en un camiseta ligre y practicando air-guitar mientras en la tele ponen aerobic. En el siguiente plano, una especie de mimo a rayas sale con dificultad de un chocho de lycra (atentos al clítoris luminoso), para más adelante acabar bailando el chiki-chiki. Después veremos un espacioso aseo de caballeros alicatado en rojo, en el que la prota comparte coreografía con dos macarras setenteros y un travelo barbudo como los gogós que lleva La Terremoto de Alcorcón. Más rollo gáyer: Ai se apunta a una cama redonda con un par de zagales que declinan su propuesta de trenecito porque prefieren montárselo ellos solos. Entre todas estas alucinaciones se insertan primeros planos de la pizpireta osakiana haciendo caritas y bailando. Algunos de los pasos incluyen llevarse las manos a la cabeza y a las tetas, sucesivamente: quizá se trate de una burla al dualismo cuerpo-mente tan interiorizado por los occidentales pero que a los ojos rasgados de un nipón se revela tosco y primitivo. Y todo esto plasmado en colores más chillones que el fondo de armario de Ágatha Ruíz de la Prada, y con efectos cutre-molones dignos de los Power Rangers. No he exagerado nada: vedlo vosotros mismos.


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