Bataille, en Valor de uso del Marqués de Sade, dividió a la sociedad en dos clases, que seguían dos regímenes opuestos: el régimen de apropiación (el burgués, el intelectual, el erudito, que continuamente se apropian de lo muerto: ya sea éste la «cosa muerta» que era para Marx el dinero, ya sea el cadáver de un escritor: el nombre del autor, su biografía y su bibliografía; el ironista, que utiliza la risa no para excretar, sino para apropiarse de lo que le resulta extraño) y el régimen de excreción: el proletario, i. e. el desposeído que continuamente se desposee —excreta— y que es, para la sociedad, un excremento: el —esquizofrénico— que el capitalismo produce como residuo, excremento, y que excreta con mucha más frecuencia que el homo normalis, y dibuja —como Mary Barnes— en la pared, con sus excrementos, la imagen de la Negación; el niño, ese otro «esclavo del hombre», al que el hombre castiga por jugar con sus excrementos, y al que Fourier proponía —teniendo en cuenta que a él no le repugnan, sino que ama sus excrementos, los considera (Freud) como sus «hijos»— para la limpieza de las alcantarillas: limpieza que podremos realizar todos, si la revolución libera al incesto y por consiguiente impide que la niñez concluya, y que tal vez, por esas mismas causas —porque entonces seremos niños y amaremos el excremento—, no sea entonces ni siquiera necesaria; pero, continuando con la lista de los partícipes del «régimen de excreción», el artista —Mary Barnes se hizo pintora cuando Laing admiró sus excrementos en la pared, y sabido es que la escritura, la palabra, es simbolizada por el excremento—, el escritor, o el filósofo-total, que vive sus signos, que vive su escritura, y escribe en su vida o en su «más-vida» (Girondo), o que, como decía Nietzsche, piensa lo que vive y vive lo que piensa: es decir, el antónimo del «intelectual», del literato, del «erudito trabajador», del filósofo socrático o post-socrático y pre-nietszcheano (o prekierkegaardíano). Y, para terminar la lista —esta nueva definición del Proletariado—, el perverso —el coprófilo—, el anciano (otro excluido por este sistema y encarcelado —en ese aparente asilo— por improductivo, y que ya no domina sus esfínteres anales), el brujo —si aún existiera— o satanista que en la misa negra devoraba excrementos y, punto Final, todo aquel que Ría con la risa del Humor, ya que la Risa fue equiparada por Bataille, en ese mismo texto, al acto de excretar.

Leopoldo María Panero, "Ironía y humor: régimen de apropiación y régimen de excreción", en el prólogo de
Matemática demente, de Lewis Carroll. Tusquets, 1975.
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